• Morante Milenial & Orti Ortiz

La epistemología de la imprenta

El 21 de agosto de 1858 tuvo lugar en Ottawa (Illinois) el primero de los siete famosos debates[1] que se produjeron entre Abraham Lincoln (1809-1865) y Stephen A. Douglas (1813-1861). El acuerdo al que se llegó era que Douglas hablaría primero durante una hora. Posteriormente, Lincoln tendría una hora y media para responderle y, luego, Douglas dispondría de media hora para esbozar su réplica (Postman, 2012).

Este debate fue notablemente más breve que los debates producidos anteriormente entre ambos. Por ejemplo, el 16 de octubre de 1854, en la ciudad de Peoría (Illinois), Douglas pronunció un discurso de tres horas al que Lincoln había acordado responder. Pero cuando llegó el turno de réplica, éste recordó a la audiencia que ya eran las cinco de la tarde y que, probablemente, los oyentes necesitarían tanto tiempo como Douglas para escucharlo. Por consiguiente, se propuso a la audiencia que se retirara a cenar y que retornara a posteriori para escuchar otras cuatro horas de argumentación. La audiencia aceptó la propuesta y los hechos sucedieron tal como Lincoln había propuesto (Postman, 2012).


El relato visibilizado no es un acto espurio. El Estados Unidos del siglo XIX estaba gobernado por la influencia de la palabra impresa donde la escucha de parlamentos formaba parte de las prácticas lúdicas del tejido social. “Se trataba de gente que consideraba esos actos esenciales para su educación política, que los consideraba parte integral de su vida social y que estaba bastante acostumbrada a esas largas jornada de oratoria” (Postman, 2012, pág: 41). Postman (1985) ya nos avisó en su libro Divertirse hasta morir que la epistemología de la imprenta devino en representación axial del siglo decimonónico estadounidense. Así lo determinaba su prestigio: la imprenta suponía un ejercicio crítico de evaluación, interpretación y reinterpretación que devenía en praxis paradigmática del raciocinio humanista.


Si hablo como escribo es posible que mi discurso refleje todo el procesamiento pormenorizado que la lectura y la escritura conllevan. En cambio, si hablo como siento, sin haber filtrado estos sentimientos a través del raciocinio epistemológico de la imprenta, mi discurso revelará mayor emocionalidad y, decía Neil, menor inteligencia, entendiendo la inteligencia como aquella capacidad de comprensión de la realidad, como aquella capacidad de formular verdad. Por ende, bajo la epistemología oral la verdad se reduce, el discurso se estupidiza.


Pero hubo algo que Postman (1985) no mencionaba, y eso es toda aquella serie de elementos metalingüísticos que son presentes en la expresión oral y que confieren al discurso de mayor veracidad, de mayor validez para su auditorio, con independencia del contenido del discurso. Entonaciones, pausas, miradas, expresiones socarronas dado el tono del momento y un largo etcétera que dotan a lo expresado de verdad con independencia del contenido. Sin duda, el sociólogo entendía la oralidad como algo propio de la epistemología de la imprenta, lo que transforma toda esta serie de elementos metalingüísticos en una especie de parche tramposo en esta era de la declamación emocional, de la disertación.


Atendamos a un fragmento del autor, presente en su obra, donde se refiere a los Estados Unidos del XIX al decir:

“en general, a las figuras públicas se las conocía por sus palabras escritas y no por su aspecto ni siquiera por su oratoria. Es muy probable que el ciudadano medio no hubiera reconocido a los quince presidentes de los Estados Unidos si se hubieran cruzado por la calle. [...] Pensar en esos hombres era pensar en lo que habían escrito y juzgarlos por sus posiciones públicas, sus argumentos y sus conocimientos según los codificaba la palabra impresa. Podréis daros cuenta de la gran distancia que nos separa de este tipo de conciencia” (Postman, 1985, pág: 54).


Lo importante, pues, era el contenido. Y esto nos lleva al punto esencial del autor: para Postman (1985), la forma era el fondo. Él entendía que la estructura discursiva y los procesos de comprensión definían el contenido y que una sociedad basada en la epistemología de la imprenta y el poder de la palabra impresa representaba valores como la autocrítica, el raciocinio, el sosiego y la inteligencia. En contraposición, la sociedad basada en la epistemología oral, que da más importancia a la expresión emocional, sin ambages ni vericuetos, representaba valores inferiores que por la propia naturaleza de la emoción y la espontaneidad suponían un menor nivel de verdad.


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Bibliografía

  • Postman, N. (1985). Divertirse hasta morir. Primera edición. Barcelona: Ed. de la Tempestad.

_________________ [1] Los Grandes Debates de 1858 fueron una serie de siete debates que se produjeron entre Abraham Lincoln, candidato del Partido Republicano al Senado por Illinois, y el Senador Stephen Douglas, candidato del Partido Demócrata.

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